| Los espacios
se viven en una dimensión temporal. Todo lo que se hace transcurre
en un lugar y durante un tiempo determinado. Si los horarios son ajenos,
impuestos desde fuera, marcan un ritmo colectivo y uniformizado que
puede ahogar los ritmos personales y provocar intranquilidad, ansiedad,
desmotivación e incluso trastornos caracteriales.
La organización
del tiempo debe contar con la participación de todo el grupo.
La regulación de las actividades (saber lo que hay que hacer,
hasta cuándo, lo que viene a continuación, etc.) favorece
la autonomía personal. Permite que cada uno organice su tiempo
en función de la propia actividad a realizar, en lugar de
depender de las orientaciones constantes del adulto. Así
el tiempo puede vivirse en lugar de experimentarse pasivamente.
La manera de
señalar los momentos comunes más importantes de cambio
de actividad es a través de una campana, de la que es responsable
uno de los niños, elegido democráticamente cada trimestre.
En el Centro hay un reloj en la entrada que sirve como referencia
temporal común a toda la institución y también
hay uno en cada espacio, sincronizado con el anterior.
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